lunes, 11 de agosto de 2008

Y me alejé de ti...

Estoy en Lima después de veinticuatro años. Las ciudad es más grande, ha cambiado mucho. Sólo al llegar me ha sorprendido ver el aeropuerto, bastante moderno, con mucho más color y gente que cuando me fui, los edificios grandes; incluso la casa de mis papás está distinta, ya no es blanca como antes, ahora es de color melón, y hay dos lindos árboles en el jardín. Los cabellos de mis padres ahora son blancos, y sus ojos mucho más tiernos que cuando me fui. Lima ha cambiado bastante.

Lo primero que hago al ver a mi madre es abrazarla, sentir nuevamente su calor, su aroma que a pesar del tiempo no ha cambiado. Hago un esfuerzo inmenso por no llorar, no quiero que sienta que fueron duros todos estos años alejados de ella. No quiero que sepa la verdad, debo mostrarme como la mujer fuerte que ella está segura soy. Ella tampoco llora, sólo sonríe al verme y me besa mucho. Mi padre nos mira feliz y casi al instante se funde en un abrazo con nosotras.

Me pregunto cómo estarás tú. Tu última llamada fue un ocho de setiembre, hace veinticuatro años. No dejaste de llamarme desde el día que te enteraste que estaba en Barcelona. Tres meses llamando todos los días. Nunca contesté, y me sentí terrible cuando no llamaste más, porque entendí que te habías cansado de esperar, que era lo que sabía debía ocurrir, pero que me aterraba sucediera.

Tardé en olvidarte veintidós meses. Exactamente el día que nació Magdalena, mi hija mayor, que al llegar se llevó el ahogo que me producía tu recuerdo y las ganas de regresar a ti. No puedo negar que fuiste el amor de mi vida, pero lo nuestro no podía ser. Mi vida fue un infierno contigo, aunque fui feliz, muy feliz.

Te conocí en una fiesta en el club del que eran socios mis padres, y desde ese día no nos separamos. Me gustaba caminar contigo y que me contaras cosas, lo que pensabas. Era fascinante escucharte. Nos fuimos a vivir juntos a los seis meses de conocernos, a un cuartito en Barranco. Al poco tiempo de mudarnos tuvimos nuestra primera pelea, y fue la primera vez que me golpeaste. Lloré mucho, nunca nadie me había golpeado. Pero te perdoné. Luego, no sé en qué momento, me gustó que me golpearas, y golpearte. Me encantaba que luego de golpearnos nos revolcáramos en la cama a hacer el amor como cerdos. Éramos atroces, pero en ese momento me encantaba. Dejé los estudios por ti, porque decías que podías mantenerme solo y no había necesidad de que trabajara. Nos metimos a algunas religiones, ya no recuerdo cuáles, en busca de la plenitud espiritual de nuestras almas. Qué locura. Estabas loco. Estábamos locos.

Al año y medio de vivir juntos salí embarazada. A pesar de mis lágrimas y mi negativa me convenciste de que lo mejor era abortar; y así lo hicimos. Igual, más adelante tendremos más hijos, me prometiste.

En el fondo sabía que me hacía daño estar contigo. Día a día conocía más tus manías y entendía que lo mejor era separarnos. Pero no podía, te amaba mucho. ¿Cómo estarán Anita y Andrés, tus padres? ¿Los seguirás odiando? A mí me caían bien, eran graciosos y amables. Sobre todo Anita que me recibía siempre con una sonrisa grande y decía que le encantaba mi cabello, que le recordaba color de las castañas que crecían en su pueblo. Pero tú decías que te habían cagado la vida, y que por ellos estabas así jodido.

Pero hubo un día en que el cuento se terminó. Llegué y te encontré pintando el cuarto de negro. Eras otro. Decías que eso te iba a inspirar para pintar. Luego descolgaste de las paredes los cuadros que habías pintado y los reemplazaste por otros nuevos, de figuras extrañas, oscuros, que no entendía; que no sabía cuándo ni dónde habías pintado. Te rogué que al menos dejaras el cuadro de los lirios, el cuadro que pintaste para mí, para nuestra hija que nunca nació, nuestra Lis. Pero no me hiciste caso, estabas como loco, me dijiste que debíamos empezar todo de nuevo. Yo no quería, no me gusta el negro, no me gustaban los cuadros nuevos que habías pintado, que me parecían horribles, que me daban miedo. De pronto tú también me diste miedo. Te reclamé que no me hubieras consultado antes de cambiar todo, de poner nuestro pequeño mundo de cabeza. Entonces enloqueciste, te golpeaste contra las paredes y tiraste todo, renegando como nunca de tus padres, de haber abortado, de ti, de mí, de todo. Me golpeaste y te golpeé, pero esa noche no hicimos el amor. Nunca más hice el amor. En ese momento salí del cuarto llorando, asustada. Ya no podía más.

Luego, no sé, creo que la vida te recompensa todo el dolor con un segundo de lucidez, un rayito de luz en medio de la oscuridad más profunda, que te ayuda a encontrar una salida de de donde crees nunca vas a escapar. Esa noche le pedí a mi padre que me compre el primer pasaje a Barcelona, que me iba a vivir con mi tío Raúl. Esa misma noche partí.

A veces te extraño. Felipe es un gran hombre, muy bueno, y me quiere mucho; pero no eres tú. ¿Te acuerdas del pacto de sangre que hicimos? Magdalena me preguntó el porqué de la cicatriz que tengo en la muñeca. Le conté que era la cicatriz de una herida de amor. Porque el amor cuando hiere, lo hace tan profundamente que las marcas duran toda la vida, como esa que tengo en la muñeca. Pero enseñan, enseñan como nada más, y luego las recuerdas con ternura, aunque al principio creas que te van a doler por siempre. Felipe cree que la cicatriz es porque me caí en el jardín de mi casa y me corté con una botella de vidrio rota. Pero a Magdalena no le miento, al fin y al cabo mi herida cerró gracias a ella.

Hoy he regresado. Estoy en Barranco, quiero verte un ratito, saber qué haces. Por ti dejé de fumar, porque el sabor del cigarro me hacía recordarnos sentados en el malecón esperando el anochecer, conversando, haciendo planes. Lo que más me dolió fue dejar de escuchar a Janis, nuestra preferida. Es que, mierda, escucharla me hacía recordar ese cuartito donde a pesar de todo, y no sé por qué, fui tan feliz. Hoy te veo sentado en la misma esquina de siempre vendiendo tus cuadros, no has cambiado. Ríes libre como siempre, como si el tiempo nunca fuera a pasar. Pero el tiempo pasa, y con él pasa todo. Hoy seguro tendrás mil historias para contarme, y yo te seguiría escuchando con la misma fascinación de hace veinticuatro años. Pero ya no tenemos tiempo. Fue un gusto verte, mi querido Moño. Ya me tengo que ir.

- Que seas feliz. ¡Bye, bye, baby! -murmuró Jimena y se alejó.

Sonriendo pensó que le vendría bien volver a escuchar a Janis.

2 comentarios:

elmirio dijo...

Que bonito primo!!! Visita http://www.elblogdelmirio.blogspot.com

Alexa dijo...

Yo soy ellos. Los dos.